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¡SEIS DÍAS: HONOR, DESEMPATE Y TELEGRAMA!

IX OLIMPIADA DE AMSTERDAM

Banqueta Aquellos eran tiempos distintos a los actuales; la cercanía con los jinetes era mayor, el divismo no había llegado a nuestro deporte, y todo era más artesanal. Nos sentíamos miembros de una misma familia: la de la Hípica con mayúscula. Entonces todo era más duro, sí, pero también más sencillo.
Como no existían las prisas de hoy, muchos de los concursos de aquellos años tenían una duración de seis días con uno en medio de descanso, y como me parece que también había un poco más de generosidad, en sus avances de programas figuraba una “Prueba de Honor”, es decir prueba sin premios en metálico, solo con trofeos para los ganadores, dedicándose todo lo recaudado por entradas y apuestas a las instituciones benéficas de la ciudad. Concursos en donde los jinetes militares (hoy rara especie en peligro de extinción, pero entonces mayoría en las pistas), competían con sus amigos los paisanos.
Estas que voy a contar son algunas de la sanas costumbres que entonces estaban al uso, y algunas de las muchas anécdotas que tuve la suerte de presenciar.
A todos ellos quisiera dedicarles estas líneas, como siempre envueltas con mi respeto y admiración, a los que nos dejaron y a los que aún nos regalan con su compañía
Y no me refiero a la época en la que los obstáculos de los recorridos tenían una altura máxima de un metro, con una tabla fina colocada en la parte superior, llamada “taquet” y que el tirarla constituía doce faltas. Cuando el derribar el obstáculo con las manos del caballo eran tres faltas y con los pies dos. Me refiero a épocas posteriores de la década de los 60 que era cuando yo empezaba, cuando en la primera hoja del diario deportivo Marca se podían seguir los resultados de todos los concursos de España. Años que marcaron el final de las banquetas en las pistas, aunque como luego veremos, algunas seguían manteniéndolas.
A uno de aquellos concursos nos vamos y seguiremos con nostalgia a los jinetes que, desde varios puntos de España, se acercaron a correrlo, y aunque el pasado nunca se cure, no sucumbiremos a la nostalgia porque, como ya dije, la vida es un camino de ida.

Desde mi unidad en Badajoz fuimos dos capitanes y el que esto escribe, entonces teniente recién salido de la Academia. Ellos eran concursistas veteranos y estaban bien montados, pues tanto Joaquín con “Rosero”, como Guillermo con “Zafiro” y el colín “Aliviador”, acababan de ganar varias pruebas ese mismo verano. Yo llevaba prestado un auténtico penco desorejado, y durante todo el concurso trabajé para el alcalde. No me acuerdo de su nombre, pero merecía haber tenido el final que dice una máxima en caballos: “El que por sus condiciones malignas resultare rebelde, condénesele a los trabajos groseros, vulgo, el tirar de un carro, arado, etc.”
Mi primera sorpresa fue ver esa mañana en la mitad de la pista una gran banqueta, que aunque no fuese como la que me contó Rivero Merry que había en Lisboa, a mi me pareció enorme. A esa banqueta lisboeta, con tres grandes escalones por uno de sus lados y en rampa casi vertical por el otro, los portugueses la llamaban “O terrible monumento”, y aunque sabía de la fantasía de nuestros vecinos, por lo que me contaron debía ser todo un monumento, como lo fue para nosotros esa que en la prueba inauguración nos hizo a los tres “tomar tierra”.
Con las orejas gachas nos fuimos a la residencia, y acto seguido a telégrafos a poner el correspondiente telegrama a nuestro Coronel, cuyo texto decía:
“Banqueta inaccesible, hostia casi segura. Salúdale. Capitán Rivero Merry, Capitán Rodríguez de Llera y Teniente Cerdido”.
La operadora no quería cursar el telegrama debido a la ordinariez del texto, pero con esa educación y gracia natural que Joaquín tenía, la convenció, y el telegrama se mandó.
El último día, sin la banqueta en el recorrido, mis compañeros arreglaron la liquidación en el Gran Premio. Yo seguí “tomando tierra”, pero mi única preocupación era pensar que al día siguiente, a primera hora de la mañana debía presentarme al Coronel, temiendo por su reacción después de haber leído el telegrama.
El Coronel nos recibió y nos cito a la hora del aperitivo en el bar de oficiales después de los trabajos de aquella mañana. A esa hora fuimos y nos encontramos con toda la plantilla de jefes y oficiales que ya nos estaban esperando, y con unas palabras del Coronel animando a que no se perdieran esas costumbres que marcaban el espíritu jinete, y que era precisamente la práctica de la equitación, la base de ese espíritu. Con una modesta copa de vino español se acabó el entrañable acto.
Dos años más tarde, cuando me destinaron a otra unidad, el telegrama enmarcado seguía colgado en una de las paredes del bar.

“Quique” Riu, estaba haciendo con sus “Becas” una de sus interminables giras, y cosa rara en él, sus liquidaciones no habían sido todo lo lucidas que merecía, por lo que se decidió que el señor Riu Mora pasase a ser el Teniente Mora y mi compañero de habitación en la residencia militar.

De Valladolid, cuna de grandes jinetes, llegaron dos muy ganadores: Asterio Mayor Iglesias, que por aquella época llevaba dos caballos castaños muy parecidos: “Tripulante” para las pruebas grandes y “Tívoli” para las pequeñas, y Modesto Valenzuela, que corría las pruebas grandes con su magnífico “Educador”.Esa tarde, el la prueba pequeña, Asterio con “Tívoli” había hecho dos derribos. En la grande, nuestros jinetes fueron los únicos ceros de la prueba y pasaron al desempate. Calentando en la pista de ensayo para el barrage, Mayor Iglesias se da cuenta que su caballo “Tripulante” está totalmente cojo. Sin perder la serenidad que le caracterizaba, disimuladamente se va a las cuadras y se encarama en el caballo de la prueba pequeña, se dirige a la pista de ensayo y sin darle salto alguno entra en la pista de competición y comienza el desempate. Puntos cero, y deprisita. Por unos segundos, le ganó el Gran Premio a su amigo.
Al año siguiente en ese mismo concurso, en la tribuna de concursistas, Asterio no podía más y se confesó:
-¿Modesto, te acuerdas del desempate del Gran Premio del año pasado?
-¡Como no me voy acordar!, si me lo ganaste por segundos.
-Bueno, pues he de confesarte algo que desde aquella tarde me remuerde la conciencia.
-¡Ah, si!, y¿ que es?
-Que el caballo con que salí al desempate, no era el “Tripulante” que se había quedado cojo, si no el “Tívoli” con el que había corrido la prueba pequeña.
El ambiente se puso tenso, pero en ese momento empezó a diluviar, justo cuando llamaban a la pista a “Alito” que apareció a caballo con un gran paraguas abierto. Cuando le tocaron la campana para iniciar el recorrido, el señor Zambrano cerró su paraguas y lo empleó como fusta.

De Madrid llegaron juntos, como otras veces, un Teniente Coronel, un Capitán y un Teniente. Los días de concurso, el de mayor graduación tenía la costumbre de asistir a misa de nueve, y el más moderno del grupo era el encargado de despertarle media hora antes del comienzo de la misa.
Según el avance del programa, esa tarde se correría la prueba de honor, que como ya hemos apuntado, carecía de premios en metálico.
Como cada mañana, a las ocho y media en punto, el teniente llama a la puerta del teniente coronel:
-Mi Teniente Coronel, es la hora.
El Teniente Coronel se incorpora en la cama y sacando la cabeza por encima de la sábana, dice:
-Hay Teniente, Teniente que torpe eres. Hoy es honor, hoy no se va a misa.
Dio media vuelta y siguió durmiendo.

Dentro del ambiente militar, eran años en los que se tenía la bonita costumbre de telegrafiar diariamente al jefe de la Unidad para contarle escuetamente los resultados de cada tarde, tiempos de viajar todos juntos en tren, tiempos de vivir en las residencias militares,... hasta nuestros amigos los jinetes civiles.
Así eran nuestros personajes: jinetes decididos, competitivos, y sobre todo sinceros y buenas personas, y poco a poco yo me empezaba a dar cuenta del esfuerzo permanente que tenía que hacer para estar a la altura de esos personajes, que aunque hoy estén marcados por las huellas del tiempo, no deberíamos olvidar que todos tuvieron mujeres que los amaron, hombres que les confiaron sus vidas, amigos que apreciaron su amistad, y muchos momentos de gloria.
Con todo mi corazón les deseo que nunca caigan en el desamparo, pues aunque la soledad sea triste, la compañía de quienes nada tienen que decirles lo es más todavía, pues a la pena de no recibir, se les une el trabajo de tener que dar.