HERRADORES: HISTORIAS Y LEYENDAS III
1990
En una aldea gallega
EL RINCÓN DE LA CHATARRA
Cuentan, que un herrador después de una juventud
llena de excesos decidió entregar su alma a Dios, y durante muchos
años trabajó con ahínco y practicó la caridad.
Pero, a pesar de toda su dedicación, nada parecía salir bien
en su vida; muy al contrario, sus problemas y deudas se acumulaban
cada vez más.
Una tarde, un amigo que lo visitaba comentó: “Es realmente muy
extraño que, justamente después de que resolvieras convertirte
en un hombre temerosos de Dios, tu vida empezara a empeorar. Yo no
deseo debilitar tu Fe, pero es evidente que a pesar de toda tu creencia
en el mundo espiritual, nada en ti ha mejorado”.
El herrador no respondió inmediatamente: él ya había pensado
eso mismo muchas veces sin entender lo que sucedía en su vida. Sin
embargo, como no quería dejar a su amigo sin respuesta, empezó a
hablar y terminó encontrando la explicación que buscaba.
He aquí lo que dijo el herrador: yo recibo en este taller el hierro
no trabajado, y debo transformarlo en herraduras. ¿Sabes cómo
se hace?
Primero, caliento la pletina hasta obtener el color rojo cereza. Después, sin
piedad, le aplico varios golpes con el martillo más pesado hasta
que la pieza adquiere la forma deseada. A continuación la sumerjo
en un balde de agua fría, y todo el taller se llena con el ruido
del vapor, mientras la pieza estalla y grita a causa del súbito
cambio de temperatura. Tengo que repetir este proceso hasta conseguir
la herradura perfecta, pues sólo una vez no es suficiente.
A veces el hierro que llega a mis manos no consigue aguantar este
tratamiento. El calor, los martillazos, y el agua fría, terminan
por llenarlo de rajaduras, y yo sé que jamás se transformará en
una buena protección del casco. Entonces, simplemente, lo coloco
en el montón del hierro viejo en un rincón de mi taller.
Sé que Dios me está colocando en el fuego de las aflicciones.
He aceptado los martillazos que la vida me da y a veces me siento tan
frío e insensible como el agua que hace sufrir al hierro, pero
lo único que pido es: Dios mío, no desistas hasta que yo
consiga tomar la forma que el Señor espera de mí. Inténtalo
de la manera que prefieras durante el tiempo que quieras, pero no me
coloques jamás en el montón de la chatarra de las almas.
Verano del 2007
en un club hípico
HOY

Con
el amor al caballo de siempre (
del roce nace el cariño), y
con una gran base científica, hoy tenemos profesionales cada vez con
más criterio que elevan en todos los aspectos a este oficio en arte,
y a su protagonista el herrador, en maestro, y al que, como ya dije, siempre profesé gran respeto y admiración, y que dejo aquí escrito para que quede constancia.
No creo que determinadas especializaciones brillen más que otras.
Por el contrario, si estudiásemos con interés todas las materias
y las palpáramos con criterio de profesor, sabríamos que todas
son importantes. Pero resulta que el arte de herrar es la única especialidad técnica
que está estrechamente vinculada a toda nuestra historia, de manera
que se puede afirmar que los que reniegan del pasado son los que se oponen
al progreso.
La importancia alcanzada en
estos últimos años por el caballo deportivo exige, cada vez
más, una adecuada capacitación a los profesionales que cuidáis
sus extremidades, aunque sea en la mayoría de los casos desde el
anonimato.
Hoy tenemos herradores competentes y con su buen hacer corrigen con su trabajo
a los caballos que se rozan, tropiezan, alcanzan, forjan, padecen de
cuartos, son cerrados de talones, estevados, topinos, pandos, que se
pisan; o
con otros defectos, como los que se acuestan como las vacas (evitando
que en sus codos se produzcan los higromas) ..., y hasta con los ramplones
que evitan resbalones (fijos o a rosca, grandes o pequeños, de toda
la vida los llamados “mosca”).
Con la adecuada preparación se ha salvado la diferencia que había
cuando el veterinario, al recetar una herradura o indicar la corrección
de un defecto, no encontraba eco en el herrador por falta de conocimientos
de este. Es decir, cuando tropezaba con un artesano que sólo hacía
lo que sabía, pero no sabía lo que hacía.
Como dicen que
“más vale onza de casco que libra de
hierro”, a través de los tiempos han evolucionado los
sistemas para proteger esos cascos. Desde las “soleas” o “ hipo
sandalias romanas“, hasta los sofisticados sistemas de polímeros
en caliente, como el sistema AMF francés o las modernas herradoras “Dallmer” alemanas.
La herradura es un mal necesario,
pero
“sin herradura no hay casco, y sin casco no hay caballo” y “no
hay casco malo si el herrador es bueno, ni casco bueno si el herrador
es malo”.
Por todo lo dicho y como si se le tuviera miedo el refrán aconseja
“castra
pronto, hierra tarde”. Para curarse en salud, también
nos recomiendan que cuando el caballo cojee, en primer lugar hay que examinarle
los cascos, y hablando de males recordarte que
: ”Si te quieres
arruinar, compres caballo para curar”