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HERRADORES: HISTORIAS Y LEYENDAS II

El herraje es una tradición de tradiciones pues tiene mucho de mito y de leyenda, retazo de historia; fragmento del pasado que se ha forjado al amor de la lumbre y es que el sonido de una bigornia, tan puro como el de un esquilín, es un tintineo lleno de encanto producido por el más bello de los trabajos técnicos.

Este Aragón mío fue siempre buena tierra para estos artistas del hierro: herradores, herreros y escultores. Como muestra cabe citar a Pablo Serrano (1908- 1985) nacido en Crivillén (Teruel), y sobre todo a Pablo Gargallo (1881-1934) natural de Maella (Zaragoza). Este último muy pronto se sintió atraído por la forja buscando nuevas soluciones técnicas con una clara voluntad de simplificar y sintetizar las formas y los volúmenes, tratando el vacío como un nuevo y elocuente elemento escultórico.

Su etapa de París, donde se reencontró con Picasso (1881-1973) y Juan Gris (1887-1927), y sobre todo el descubrimiento del cubismo analítico del genio malagueño, fueron para él una revelación, y desde ese momento su obra emprendió un giro decisivo hacia la vanguardia y la universalidad.

Guerra de los Treinta Años
Verano de 1480. Inglaterra

MI REINO POR UN CABALLO

Ricardo III (1452-1485) Rey de Inglaterra desde 1483 hasta su muerte no tuvo paciencia para esperar a que el herrador introdujera el último clavo en una de las herraduras de su caballo, y de esa guisa, se puso al frente de sus tropas en la batalla de “Bosworth” (1485), que decidiría quién gobernaría su país en el futuro. En el fragor del combate y por falta de ese clavo el animal quedó descalzo, cayó al suelo, y despavorido se fue de caña.

Shakespeare inmortalizó la escena haciendo gritar al Rey pie a tierra:

“¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!”

Esas fueron las últimas palabras del Rey antes de morir a manos del conde de Richmond en el último episodio de la obra “Ricardo III” basada en la Guerra de los Treinta Años o de las Dos Rosas: la roja de Lancaster, y la blanca de York. Shakespeare llamó “Surrey” a ese caballo sin aclarar si ese era su nombre, o simplemente se trataba de un surrey; es decir, un caballo de la cuadra del conde Surrey, el hijo del duque de Narfolk. Contaba que, con la derrota y muerte en Bosworth del último monarca de la Casa de York, - al que la leyenda lo representa como deforme, jorobado y cojo de nacimiento - se puso fin a los Plantagenet y a la Guerra de las Dos Rosas. Y desde entonces un proverbio español dice:

”Por falta de un clavo se perdió una herradura; por falta de una herradura, un caballo; por falta de un caballo, una batalla; por falta de una batalla, un reino”.

Siglo X
en un lugar de Inglaterra

“HERRADURA”: AMULETO O TALISMÁN

herradores Dicen que en la herradura convergen poderes mágicos, habiendo sido por tanto objeto de superstición en todas las épocas.
Para los griegos, sus poderes mágicos emanaban de otros factores. Sobre todo, por estar hechas de hierro (elemento que creían ahuyentaba el mal) y tener la forma de una luna en cuarto creciente, su figura era considerada como símbolo de fertilidad y fortuna.

Los romanos se apropiaron de este objeto, tanto desde el punto de vista de defensor del casco del caballo, como de talismán; su creencia pagana en poderes mágicos se trasmitió a los cristianos.

El “Maligno” no penetrará en una casa sobre cuya puerta halle una herradura convenientemente colgada. Sus lumbres jamás deberán estar vueltas hacia el suelo, sino apuntando al cielo, porque no basta con alejar el mal; además hay que atraer la buena suerte, y si esta debe descender del cielo, es preciso que pueda pasar por la herradura. De lo contrario se hundiría en tierra y se perdería.

El encanto será más eficaz si la herradura ha sido encontrada por azar.
Un día, un Santo prelado arrancó al demonio la promesa de que huiría de todos los lugares adornados con herraduras. Hablamos de San Dunstan (así se llamaba), que vivió en Inglaterra (924-988). Su fiesta es el 19 de mayo; había sido herrador antes de llegar a ser obispo de Worcéster y arzobispo de Canterbury, llegando muchos años tras su muerte a ser canonizado. Según la tradición, Dunstan recibió un día la visita de un hombre que le pidió unas herraduras para sus pies, unos pies de forma sospechosamente parecidos a pezuñas. Dunstan reconoció inmediatamente a Satanás en su cliente, y le explicó que para realizar su tarea, era necesario encadenarle a la pared.

Deliberadamente, el Santo procuró que su trabajo resultara tan doloroso, que el diablo encadenado le repitió repetidamente misericordia. Dunstan se negó a soltarlo hasta que el diablo juró solemnemente no entrar nunca en una casa donde hubiera una herradura colgada sobre la puerta. Y desde entonces, muchos creen que poseer una herradura es estar protegido del “Maligno”.

A raíz de esta leyenda, en el siglo X los cristianos tuvieron la herradura en alta estima, colocándola primero sobre el dintel de la puerta y trasladándola más tarde al centro de esta, donde cumplía la doble función de talismán y picaporte.

En la Edad Media, cuando cundía al máximo el temor a la brujería, la herradura adquirió un poder adicional. Se creía que las brujas se desplazaban montadas en escobas porque temían a los caballos, y que cualquier cosa que les recordara un caballo (especialmente su herradura de hierro), las ahuyentaba como un crucifijo aterrorizaba a un vampiro. La mujer acusada de brujería, era enterrada con una herradura clavada en la tapa de su ataúd, para impedir su resurrección.

En Rusia, al herrador que forjaba herraduras, se le consideraba dotado para realizar “magia blanca” contra la brujería. Y los juramentos solemnes relativos al matrimonio, los contratos y las compraventas de propiedades, no se prestaban sobre una Biblia, sino sobre sus yunques.

Por último, en 1805, cuando el almirante lord Horacio Nelson (1758-1805) se enfrentó a la flota combinada franco-española en la batalla de Trafalgar, el supersticioso inglés clavó una herradura en el palo mayor de su buque insignia, el HMS “Victory” (Navío de su Majestad Británica), lo que no impidió que muriera en esa batalla a tiro de mosquete.

Su cuerpo, conservado en un barril de ron, fue llevado vía Gibraltar a Londres, y posteriormente fue enterrado en la catedral de San Pablo de esa ciudad. Actualmente el “Victory” se encuentra fondeado en Portsmouth haciendo las veces de museo.